RICARDO RAVELO: A SANGRE CALIENTE

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No recuerdo en qué ocasión Carlos Fuentes dijo –palabras más, palabras menos– que para los novelistas mexicanos cada vez era más difícil recurrir a la ficción dado que ésta se estaba quedando muy atrás frente a lo que sucedía en la realidad.

¡Y vaya que tenía razón!… ¿Qué novelista podría remontar con su imaginación el aterrador escenario que vivimos en México a raíz del recrudecimiento de la violencia que surgió a partir del sexenio de Felipe Calderón Hinojosa, cuya guerra contra el narcotráfico dejó más de veinte mil muertos, cantidad superada en el periodo de Enrique Peña Nieto, que tiene el poco honroso mérito de contabilizar más de 27 mil?

Frente a esa atroz realidad, la novela (o si se quiere, el novelista) no puede remontar el vuelo…A menos que asuma el desafío de –perdón por el vocablo–  de “encabalgarse” con esa situación. Es decir, montarse en el lomo del caballo violento y desbocado que recorre el país, con el riesgo, desde luego, de no controlar sus bridas y de ser arrojado o aplastado por sus cascos.

Caso de no asumirse ese desafío, se corre el peligro –tal vez más grave– de caer en el anacronismo o, como se dice en la jerga popular, el riesgo de “quedar fuera de la jugada”.

Vicente Leñero, no sin lucidez, advirtió que la tradicional novela política (Spota, Aguilar Camín, Rebolledo, Prieto) se estaba volviendo obsoleta al verse ante la necesidad de “crear mundos  paralelos al de veras y a inventar personajes que corresponden, ‘más o menos’, a presidentes, funcionarios públicos o políticos en general”. Lo mismo ocurre –agregó– con las “novelas en clave” (aunque traten temas como el narcotráfico), mismas que se antojan, además de cobardes, anacrónicas, luego de que la novela sin ficción y el reportaje-novela han demostrado que el periodismo no está reñido con la literatura. Y coronaba su observación con el siguiente comentario:  “Desde Tom Wolfe y Norman Mailer, hasta Kapuscinsky y Julio Scherer, el reportaje-libro (la realidad que supera a la imaginación) se propone como la única manera de testimoniar con pelos y señales, a profundidad, mundos como el de la política, el poder, el crimen. Por supuesto el narcotráfico”.

Escribió esas líneas en la introducción al libro Los Capos (las narco-rutas de México), de Ricardo Ravelo (Libros De Bolsillo, Random House, Mondadori, México, 2006).

Ravelo (Veracruz, 1966)  no es un novelista sino un conocido periodista que ha colaborado en Proceso, El Dictamen, La Nación, el diario Sur y la revista Libre, cubriendo principalmente la fuente policíaca, en particular la Procuraduría General de la República (PGR).

Antes de hacer referencia a sus aportaciones al periodismo (y a la novela, aunque no se haya propuesto ser novelista), deseamos agregar algo a las observaciones de Leñero: desde la publicación de A Sangre Fría (1966), de Truman Capote, se abrió paso la llamada “novela-reportaje”, o “novela de lo real” . Capote definió al libro como perteneciente a un nuevo género, que en idioma inglés denominó “Nonfiction Novel” o “Novela testimonio”A sangre fría se convirtió en un epítome de la conjunción novela-reportaje periodístico. Narra el brutal asesinato de los cuatro miembros de una familia de Holcomb, Kansas, en 1959, crimen sacudió a buena parte de los Estados Unidos).

Autores como Norman Mailer y Tom Wolfe –sobre todo en sus libros Los Ejércitos de la noche (1968) y Radical Chic (1970, traducido al español como “La izquierda exquisita”), respectivamente– se encargaron de llevar hasta sus últimas consecuencias la idea de la novela-reportaje, sin seguir necesariamente el camino trazado por  Capote en A Sangre Fría.

Como suele suceder, tal proyecto tuvo en sus inicios un gran impacto en el mundo cultural y periodístico, pero con el paso de los años se fue esfumando; sin embargo, dejó una impronta perenne, sobre todo entre profesionales del periodismo como (los citados por Leñero) Kapuscinsky y Scherer, e incluso entre personalidades como Gabriel García Márquez, quienes, aunque no se propusieron continuar por la senda trazada por Capote, Mailer y Wolfe,  de algún modo continuaron transitando por la misma.

Desconocemos si Ricardo Ravelo se compenetró con la problemática descrita, pero lo cierto es que se trata de un profesional del periodismo que no deja de sorprendernos por su prosa vigorosa, quasi descarnada, y sobre todo por su fidelidad a los datos duros.  Leñero lo describe en los siguientes términos: “La información de Ravelo es apabullante. Tiene la solidez del dato y la limpieza de una redacción que no busca adornos estilísticos ni bucles retóricos; va directo a lo que va, como el buen reportero que sigue las viejas reglas del periodismo ortodoxo: ofrecer información, no emitir juicios ni insinuar condenaciones”. Y añade: “Se agradece la severidad objetiva de Ravelo en tiempos en que el periodista se ha subido a la palestra y a los púlpitos para decir a sus receptores, además de lo ocurrido, lo qué significa lo ocurrido y lo que esos receptores deben pensar sobre lo ocurrido. Ravelo presenta únicamente datos, encadenamientos históricos de los sucesos, derivaciones de los complicados árboles genealógicos donde todos los narcos parecen miembros, amigos o enemigos, de la misma parentela, enorme y feroz. Desde luego, también con precisión incuestionable: las conexiones imposibles, sorprendentes, de la gran familia del narcotráfico con la no menos grande familia de la política”.

Coincidimos con Leñero, pero, ¿hasta qué punto la “severidad objetiva” de Ravelo no es engañosa? Digo esto porque, a diferencia del reportero profesional, no se limita a “ofrecer información”, sino –y aquí sí retomamos lo que escribe el autor de Los Periodistas– se esfuerza por incursionar en los “encadenamientos históricos de los sucesos”, cuestión que por lo general suele estar a cargo del sociólogo, del politólogo o de otros expertos en ciencias sociales. Su libro Los Capos, es un ejemplo de lo que apuntamos : ¡vaya despliegue de talento periodístico, pero también de indagación sociológica y política!  Ravelo no se conforma con trazarnos la ruta del narco, ni con hablarnos de los “árboles genealógicos” del mismo, sino se inmiscuye en territorios complejísimos, que nos permiten adentrarnos en los laberintos del delito y del poder. Estas últimas palabras me hacen evocar el magistral libro de Hans Magnus Enzesberger, que lleva precisamente el título de Política y Delito  (Seix Barral, 1968),  sin duda uno de los mejores –si es que no el mejor– trabajos enderezados a mostrar los vínculos del crimen organizado con el mundo del poder político. Desconocemos si Ravelo conoce este libro, pero de lo que sí estamos seguros es que sus investigaciones transitan por el mismo sendero.

Hasta el momento hemos hablado de Ravelo como periodista o como reportero, sin hacer referencia a sus contribuciones a la literatura. Aunque Leñero no indaga mucho al respecto, no deja de llamar la atención en lo que dice, casi al final de su Prólogo a Los Capos:  “Del libro de Ravelo saldrían docenas de cuentos, de películas, de novelas. Es fascinante, por ejemplo, el relato de la fuga del Chapo Guzmán, relatada por nuestro autor con una sobriedad y una precisión que mantienen en conserva toda la carga dramática para que sea el lector quien la reconstruya con su poder de fantasía”.

A esas palabras agregaríamos un comentario sobre el libro de Ravelo Crónicas de Sangre ( Grijalbo, Proceso, 2012): tal vez este sea el trabajo donde asoma con mayor fuerza el talento literario de nuestro autor. Sin alejarse un ápice de su característico rigor periodístico y pasión por la objetividad, hay pasajes en ese libro que podrían –convencidos estamos– ponerse “al tú por tú” con el más desbocado ejercicio de ficción, como es el caso de la (¿crónica?) “El Z-14” , mismo que a nuestro parecer  tarde o temprano figurará entre los relatos más brillantes de nuestros días.

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