Déjame que te cuente, limeña

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Llovía en Madrid. El gentío se cundía por la Gran Vía y sus arterias. Todos buscaban un refugio que resultara placentero: una cafetería, un restaurante o una tienda de ropa. Yo opté por el Metro.

Línea verde con dirección a Alameda de Osuna.

Eran las cinco de la tarde. El vagón estaba lleno, pero no lo suficiente como para que los pasajeros tuvieran que viajar de pie. Frente a mí, una mujer con abrigo de piel mantenía la mirada fija en su teléfono celular; ni las risas escandalosas de un grupo de muchachas ni el cotilleo de dos mujeres que hablaban de una ausente, la distraían de lo que veía en su pantalla, hasta que una guitarra comenzó a sonar.

Déjame que te cuente, limeña,

deja que te diga la gloria,

del sueño, que evoca la memoria,

del viejo puente, del río y la alameda.

Entonces sí, la mujer alzó su mirada azul y fría como el cielo madrileño.

La que cantaba era una mujer morena de unos sesenta y tantos años. Adivino que peruana por la canción que había elegido para cantar y por su acento andino. Tenía el cabello corto y unos lentes rotos que había soldado con cinta adhesiva.

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Seguí mirando a la mujer con el abrigo de piel que hacía un gesto de desaprobación. Negaba con la cabeza y yo adivinaba que la música le incomodaba, que le había perturbado su momento junto a la pantalla del teléfono inteligente.

Jazmines en el pelo y rosas en la cara,

airosa caminaba, la flor de la canela,

derramaba lisura y a su paso dejaba,

aromas de mistura, que en el pecho llevaba.

Altiva, la mujer suspiró profundo alzando las cejas a la par. ¿Qué le molestaba? Sí, quizás la cantante urbana era una inmigrante ilegal que luchaba por ganarse la vida a su edad, pero ¿qué tenía eso de malo? la canción acabaría pronto y ella podía seguir mirando su aparato sin distracciones. No era necesario demostrar tanta incomodidad, pensé.

La canción terminó. Abrí mi cartera con un ademán desmesurado, orgullosa de que mi nobleza fuera, frente a aquella mujer, mucho más perceptible. Ahí iban: dos euros a la mano de la humilde cantante que después pasó cerca de la señora de negro.

—Mi madre era peruana. —Le dijo— Usted me recordó a ella. Siempre me cantaba esa canción.

—Qué bueno que le gustó. —Asintió la cantante.

—Usted no debería estar cantando en los camiones, es inaceptable que a su edad…

—Así es la vida, señora, y hay que seguir luchando —Interrumpió.

Ahí iban: veinte euros a la humilde mano. “Dios la bendiga” se dijeron una a otra y la cantante salió del vagón.

Luego, la mujer cruzó mirada conmigo y me dedicó una sonrisa que nada tenía que ver con la sobriedad de sus ojos y yo agaché los míos sintiendo una profunda vergüenza.

… recogía la risa, de la brisa del río

y al viento la lanzaba,

del puente a la alameda.

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