Azzurra, just business

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¿Existe una relación comprobable, cuantificable, entre corrupción política, hartazgo social, malestar cultural y el mundo (del negocio) deportivo? Vayamos paso por paso, entreviendo las estratificaciones históricas de este problema.

Si bien fueron numerosos factores los que explican el ascenso del fascismo en Italia, como el desencantamiento del mundo y la aguda crisis estructural del modelo capitalista o el terror que despertaba entre varios intelectuales y políticos la forma soviética del socialismo, lo cierto es que la campaña de limpieza política de Mussolini tuvo un eco fuerte entre las clases medias aglutinadas en aparatos del corporativismo particularmente eficientes para el control biopolítico e ideológico de las masas, bajo la premisa de “hacer lo cotidiano una cuestión de Estado”.

El combate a la corrupción que El Duce anunció en 1924, asimilándola con la democracia liberal aristocrática, fue acompañado entre 1924 y 1928 por el nombramiento de Cesare Mori en la prefectura de Sicilia para combatir de frente y con puño de acero a las famiglias de la mafia: arrestó a numerosos capos y empujó a los desarticulados clanes a la clandestinidad ante su incompatibilidad con un partido-nación que pretendía abarcar la totalidad de la vida de los ciudadanos. Sin embargo, la naturaleza cosmética de su intervención quirúrgica se dejó en evidencia cuando la mafia reemergió vigorosamente después de 1943. Y con ello también ha habido interesantes estudios de historia económica que demuestran no sólo el fracaso en el combate a la corrupción italiana sino el enriquecimiento de nuevos empresarios y políticos militantes del Partido Nacional Fascista (hoy aun miembros de la rancia élite de la península al igual que sus homólogos pinochetistas en Chile, franquistas en España, o nazis en Alemania).

En febrero de 1992 el fiscal milanés Antonio Di Pietro desató un huracán político nacional que estremeció la legitimidad y legalidad de la coalición gobernante por los últimos 20 años al descubrir una extensa y sofisticada red de corrupción que implicaba a los principales grupos políticos lo mismo que industriales y empresariales. La operación Manos Limpias llamó a cuentas a personajes claves del proceso de democratización italiana como el socialista Bettino Craxi, el socialdemócrata Antonio Cariglia, el empresario Mario Chiesa, el liberal Renato Altissimo, el democristiano Giulio Andreotti y el republicano Giorgio La Malfa. La tangentopoli (sobornos). No quedó ministro de Estado, secretario de partido, diputado, senador, alcalde o gobernador sin mácula.

Las cortes reventaron el pacto de encubrimiento y revelaron a los italianos los pútridos vínculos que unían a la clase gobernante con Cosa Nostra, los intereses geopolíticos de la OTAN o la burda ambición. El resultado inmediato fue que hasta principios de los 2000 los partidos sufrieron la cuenta de cobro de los ciudadanos: aquí y allá se les castigó en las urnas en paralelo a los juicios y dictados de formal prisión a los implicados. Desafortunadamente, un periodista anotaba para la AFP con particular agudeza el saldo más importante: “El observador convertido en anacoreta provisional no salía de su asombro cuando supo que los neofascistas habían sido el partido más votado, aunque no lograron las alcaldías de Roma y Nápoles, y que el magnate de la televisión privada Silvio Berlusconi preparaba su ingreso en política.”

Pablo Martín de Santa Olalla, en su libro Matteo Renzi, el hombre que ha cambiado la política italiana, da cuenta de cómo durante la era Berlusconi la corrupción no fue sino en rampante aumento de la mano con la impunidad judicial y la opacidad en la rendición de cuentas que va de la mano con la discrecionalidad en la asignación de licitaciones. Desde su llegada al Palazzo del Quirinale en 1994, Berlusconi fue uno de los más terribles tumores para la vida política italiana; no solo por su estrategia de “política playboy”, como él mismo la definió, o por declaraciones de la talla de “Mussolini nunca mató a nadie, solo mandaba gente de vacaciones al exilio”, que echan por tierra los crímenes de lesa humanidad cometidos por quien pusiera al país transalpino en el bando de Hitler (aunque él igualmente optara unilateralmente por alinear a Roma a la OTAN con cuantiosas sumas de dinero del erario público para apoyar la causa antiterrorista aun a pesar de los daños colaterales a civiles); sino también por sus negocios fraudulentos que tuvieron dos grandes matrices: emporio Mediaset y el Club AC Milán (del que fue propietario entre 1986 hasta 2017, cuando se falló la venta de sus acciones “rossoneras”).

El verano de 2013 trajo consigo una bocanada de aire fresco: la Corte Suprema de Casación (tribunal de última instancia del Poder Judicial) condenó a Berlusconi a cuatro años de prisión por fraude fiscal y le inhabilitó para ejercer cargos públicos por constricción a la prostitución de menores y abuso de poder, imputaciones en la misma línea por las que el tribunal de Nápoles lo volvió a condenar en 2015. Estas acciones se enmarcaron en la política del Primer Ministro Matteo Renzi para sanear el aparato estatal italiano, cuya piedra arquimédica fue la creación de la Autoridad Nacional Anticorrupción en 2014 (que Peña está intentando emular pobremente) y designando al frente de la cruzada al magistrado Raffaele Cantone, quien mantiene expedientes abiertos contra figuras del Juventus, el Lazio, el Milán y el Fiorentina. Con todo, Italia paga el precio de una legislación a modo por Berlusconi, quien debido a los incontables procesos en su contra suavizó las leyes contra el falso balance y los sobornos, limitando los delitos financieros.

Pero como estos existen otros casos de corrupción en el mundo futbolístico como los arreglos entre jugadores y mafias locales y extranjeras para amañar partidos que atajen apuestas, que se han dado a conocer por voz del ex defensa del Bari, Andrea Masiello, desde su detención en abril de 2012. El “Calcioscommesse” (apuestas en el fútbol) estalló en junio de 2011, cuando Cristiano Doni, el emblemático capitán del Atalanta, fue detenido y confesó haber amañado partidos. De acuerdo con informes de ANA, de los 60 mil millones de euros anuales que cuesta a Italia la corrupción, cerca del 10% podrían estar relacionados con negocios futbolísticos.

La fallida calificación a la Copa Mundial de Rusia (que sólo había ocurrido en 1930 y 1958) de acuerdo con los análisis de costos del diario comercial Il Sole 24 Ore, costará cerca de 100 millones de euros en  los menores ingresos esperados relacionados con las ventas publicitarias durante los partidos televisados y en el patrocinio de la selección nacional de fútbol durante los años venidero. A los que se suman mil millones en pérdidas para los operadores de viajes, compañías de apuestas, bares y restaurantes en todo el país, lo que evidencia lo nuclear del negocio deportivo en la sociedad del consumo actual.

Si resultan repugnantes los casos de desvío de fondos federales y comunitarios destinados a centros de acogida de inmigrantes y políticas de ayuda humanitaria necesaria después de la crisis desatada en el mundo árabe por el intervencionismo occidental y en África por el extractivismo capitalista (entre otros el de Massimo Carminati), no me parece menor el que lucren con el deporte (como los infinitos casos que diario se descubren contra la FIFA) y con ello uno de los principales referentes para miles de millones de niños y jóvenes que consideran a los futbolistas sus ídolos (sobre esto recomiendo el artículo de Gabriela Sánchez Torres afortunadamente titulado El fútbol de las causas justas).

A pesar de no ser fanático ni conocedor del fútbol, siempre disfruto acompañar a mis cuates al estadio o las reuniones para ver el fut, así como disfruto las catarsis de una reta, por lo que no comparto las percepciones de Borges respecto a este deporte. Pero ciertamente hoy por hoy el fútbol, más que un espacio lúdico y festivo, se ha convertido en una pieza clave del sistema neoliberal y de la alienación de muchos que se niegan a ver detrás de las gradas

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