Jerusalén y el cielo (tercera parte)

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Después de haber visitado los barrios musulmán y cristiano de Jerusalén, mi familia y yo pensamos ir al Muro de los Lamentos en el barrio judío, pero nuestros acompañantes —una familia de Jordania— nos aconsejó no hacerlo, puesto que el Sabbath es un día sagrado para los ortodoxos que, algunas veces, no toleran la visita de los foráneos.

Caminamos cerca de algunos de ellos: hombres con ropas negras, sombrero, barba y esos rulos que los distinguen; todos muy serios, todos andando sin hablar entre sí.

Sabbath, Ramadan, todo junto en una misma ciudad y en un mismo día. Musulmanes y judíos se paseaban mirándose con los ojos afilados. Entre más cerca andábamos de la zona judía, más espesor se sentía en el ambiente. “Mejor vámonos”, nos pidió uno de nuestros acompañantes.

Tomamos el automóvil, encendimos el GPS y nos dirigimos al hotel. Un grupo de muchachitos judíos nos cerró el paso, no nos percatamos de que el camino que nos había señalado el mapa cruzaba por uno de sus barrios. Niños pequeños nos señalaban con el dedo, algunos de ellos tomaron unas ramas secas y piedras amenazando con golpear nuestro vehículo. Sentí miedo.

—¿Qué pasa aquí? —pregunté a nuestro amigo, que conducía el carro.

—Es día sagrado para ellos, nadie puede usar máquinas, tampoco manejar autos, va contra la ley de Dios.

—¿Y no pueden pensar que somos turistas? —Alegué ignorante.

—No, no les importa, es su barrio.

Con cautela, el auto avanzó entre las miradas de los chicos que se fueron apartando. Mi hija de seis años empezó a hacer preguntas que yo no supe responder: ¿por qué se enojan? no sé. ¿Por qué nos quieren pegar? no sé. ¿Les hicimos algo? No.

Pero en Jerusalén así se vive y lo que experimentamos fue casi nada: un día, un musulmán asesina a un judío, al día siguiente el judío asesina a un musulmán.

 

Seguimos nuestro camino hacia el hotel. Los barrios quedaron lejos de nuestra vista, ocultos por el gris y el sepia del muro que atraviesa la ciudad como una herida larga y profunda que dejará una pronunciada cicatriz.

Así es se vive en Jerusalén, entre un pueblo que reza, ora, que cree en Dios, en Alá, en lo que hay allá arriba, pero que aquí abajo, por seguir al pie de una letra lo que al menos una servidora no puede comprender, es capaz de hacer regar la sangre del prójimo sin arrepentimientos.

 

Prójimo.

¿Qué es un prójimo en Jerusalén?

¿Qué te define en Jerusalén?

¿Qué fui en Jerusalén?

¿Qué soy ante mi prójimo?

 

Espero volver algún día, para poder responderme y responderle a mi hija cuando ésta sea mayor… o quizás sea ella la que me responda a mí.

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