Jerusalén y el cielo (Primera Parte)

23585093_10210642947297469_780963854_o

 

—¿Quién eres?

— Mónica Rojas. Soy católica

Así es como se responde a los guardias de la Ciudad Vieja de Jerusalén…

Era sábado cuando me encontré de frente con la Puerta de Los Leones. Dos vigilantes observaban mi vestimenta. Cubrí mi cabeza y mis ropas con una túnica para entrar al tercer lugar más sagrado para los musulmanes después de La Meca y Medina: La Mezquita de Al-Aqsa que contiene la Cúpula de la Roca.

— ¿Eres musulmana?

— No.

— Hoy es día sagrado, no puedes pasar. Muéstranos tus papeles.

Les mostré mi pasaporte y expliqué que mi marido era musulmán y que quería acompañarlo, junto con nuestra hija de seis años, a la oración a la que asistiría respetuosamente sólo si esto era posible. Era tiempo de Ramadán.

— Tu segundo apellido, Rubín, parece judío.

— No soy judía, soy católica.

Uno de los guardias me escudriñó con la mirada haciéndome sentir incómoda.

— Le repito, no soy judía y obviamente, mi hija tampoco.

—A veces vienen disfrazados a rezar en nuestro territorio y eso causa muchos problemas —refunfuñó— Muéstrenos una prueba de que están casados y pueden pasar.

Mi anillo de bodas, pensé y le mostré al guardia, de mirada hosca y cintura armada, el nombre de mi esposo grabado con la fecha de matrimonio. Pudimos entrar.

Me gustó la Mezquita. Me gustó ver a las mujeres sentadas en la alfombra de la Cúpula de la Roca, leyendo el Corán y sonriendo con respetuosa discreción, y a los hombres tocando el piso con su frente dirigiendo sus oraciones a La Meca.

Allí le expliqué a mi hija que, de acuerdo al Islam, el Profeta Muhammad fue llevado por el ángel Gabriel a aquel lugar desde donde subió al cielo para encontrarse con Dios.

—El ángel Gabriel. —Repitió sorprendida.

—Sí, el mensajero.

—El mismo de la Biblia.

—Sí, pero esa es otra historia, luego te cuento.

Mi hija siguió recorriendo con la mirada la belleza del lugar sagrado y luego salimos para acompañar a mi esposo a la Mezquita de Al-Aqsa donde no pudimos entrar. Así que lo esperamos afuera mientras admirábamos a los hombres lavándose las manos y los pies antes de pisar su espacio sagrado. Nuestro idioma llamaba la atención de los que hablaban árabe, pero nadie nos cuestionó o hizo reclamo alguno, por el contrario, intercambiaban sonrisas amables y nos ofrecieron asientos mejores que la jardinera en la que estábamos sentadas.

Esperamos una media hora que, sin mucho qué hacer, nos pareció más larga.

Mi hija empezó a jugar con un niño que le lanzaba piedritas para llamar su atención. El idioma no fue impedimento para que empezaran la corretiza. Yo la miraba dar vueltas al rededor de la jardinera cuando comencé a sentir el suave dolor que ocasiona el hambre. No podía comer, era Ramadán. Tampoco me parecía correcto tomar agua frente a los que respetaban el ayuno, “hasta que salgamos de aquí” me dije, y me obligué a distraerme con la graciosa conversación de los dos niños.

En aquel momento, lejos de mi vestimenta habitual, de mi idioma, de mi religión, de mi misma, tuve la sensación de que alguien me había prestado, por una hora, un cuerpo de musulmana para poder recorrer esa porción del mundo que, pese a su pequeñez, representa el alma de un pueblo desgarrado por la incertidumbre del conflicto latente.

Mi esposo salió de la Mezquita. Nos quedaba por visitar los Barrios Cristiano y Judío…

 23600818_10210642963777881_282654529_o

Comentarios