De camino hacia el Mictlan en Chignahuapan

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Imágenes de Luis Ángel Leynes Pérez

Los meses pasan rápido, octubre llega y se sabe que grandes festividades esperan, no es como cualquier otro festejo, pues en estos de días de trance de octubre a noviembre los mexicanos dejan de lado su escepticidades para glorificar a aquellos que ya no se encuentran entre nosotros pero que viven en los recuerdos. Memoria, aquella que nos mantiene juntos durante cinco días en la celebración de nuestros muertos a través de una ofrenda de vivos. 28 de octubre, llamamos a nuestra presencia a aquellos que un accidente desafortunado los privó de la actualidad; 29 de octubre, recordamos a todas aquellas que en el anhelo de ser madres tuvieron que dejar a su familia; 30 de octubre, a pesar de que no haber recibido el bautismo católico, se recuerda a aquellos que fueron rechazados en el campo santo por ser “limbos”; 31 de octubre, no todos nacen para quedarse en este mundo y se hace un llamado a aquellos pequeños que tuvieron una corta travesía; 01 noviembre, todos nuestros difuntos restantes son aclamados para revivir esta remembranza; 02 de noviembre, vivos y muertos se reúnen para comenzar con la larga despedida que se lleva consigo coloridas flores, gratos sabores y agradables olores.

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El camino hacia el Mictlan comienza en casa, debe llevarse consigo cada uno de los recuerdos encarnados y las historias compartidas de aquellos que su existencia ha sido más larga, como la señora Luciana quien nos permite situar a cada uno de los difuntos en sus días correspondientes. Con los ojos bien abiertos, los recuerdos a flor de piel y la esperanza de encontrar el origen y el fin de aquella celebración mortuoria, se leen los letreros sobre la carretera que anuncian la distancia restante para encontrarnos con el pasado, una caseta de cobro y se está dentro  del camino hacia el inframundo prehispánico. Cruzar Chignahuapan ofrece toda una serie de señales que afirman lo anterior, su frio clima, la bruma que anuncia la entrada a un nuevo lugar; a las afueras todo parece solitario, pero una vez que se atraviesan sus calles principales un nuevo mundo aparece: catrinas, turistas y residentes, todosí con un mismo propósito: conmemorar a aquellos que nos han dejado en esta vida pero que descansarán allá en el Mictlan.

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El reloj marca las seis de la tarde del primero de noviembre; los ojos ansiosos, los preparativos listos, las catrinas en su lugar, los tapetes de aserrín dan la bienvenida a todos los curiosos y a los que han hecho de esto una tradición desde hace veinte dos años, los presentes esperan el momento indicado para recibir una de las mil antorchas para celebrar el Festival de la luz y la vida, la ofrenda lista y en ella mil luces que esperan alumbrar el camino para los difuntos que cada uno de nosotros ha traído consigo. Las catrinas dicen estar orgullosa de ser chignahuapenses y viceversa; afirman que sólo hay dos requisitos a cumplir, seleccionar el personaje a representar y estar entusiasmado de poder representarlo en este magno evento. Los medios de comunicación se preparan para asegurar la mejor cobertura del evento, la multitud toma sus lugares frente a los inauguradores; sacerdotes, presidentes municipales, reinas del festival y una artista plástica.

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Los listones cortados caen, los aplausos y vitoreos se dejan escuchar, el entusiasmo no puede contenerse. Los visitantes forman una larga fila para poder ver la Ofrenda de las Mil Luces; agua, fuente de vida; la sal, como elemento de purificación; las veladoras representan luz, fe, esperanza; el copal y el incienso ofrendado a los dioses y difuntos; las flores de cempasúchil y el tradicional papel picado dan color; el petate como cama, mesa o mortaja; los molletes (panes en forma de rueda) se colocan sobre cañas aludiendo al tzompantli; las fotografías de aquellos a quienes recordamos; el mole con pollo gallina o guajolote como el platillo típico del estado; alcohol como representación de los momentos agradables de la vida; una cruz para expiar sus culpas; panes en miniatura y juguetes para los más pequeños. Recorrer la ofrenda es vislumbrar las diferencias, no hay hojaldras como en otros pueblos, ni tiene una forma escalonada pero todo esto se justifica en los orígenes prehispánicos.

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Las antorchas se han encendido, comienza el descenso hacia la laguna que representa el camino inicial al descanso eterno. Tambores, caracolas, flautas y silbatos, los danzantes encabezan la procesión, el tapete portador del dios Mictlantecutlih y el xoloitzcuintle se desliza debajo de cada una de las pisadas; todo se detiene de vez en vez, danza, vitoreos y pequeñas representaciones de cada uno de los lugares que deben atravesarse antes de descansar eternamente. Uno, se debe atravesar por un caudaloso río, el Chignahuapan, que es la primera prueba a la que los someten los dioses infernales; por ello se entierra el cadáver de un perro junto al difunto para que pueda ayudar a su amo a cruzar el río. Dos, el alma tiene que pasar entre dos montañas que se juntan. Tres, debe subirse por una montaña de obsidiana. Cuatro, debe caminar por donde sopla un viento helado que corta cual navajas de obsidiana. Cinco, debe pasar por donde flotan las banderas. Seis, debe atravesar aquel lugar en que caen flechas por doquier. Siete, debe pasar por donde están las fieras que comen los corazones. Ocho, se pasa por estrechos lugares entre piedras. Nueve, el Chignahumictlan, se llega al lugar donde se descansa eternamente.

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La multitud desemboca en la laguna de Chignahuapan, el fuego de las antorchas ha cesado, miles de personas en medio de la oscuridad pero con ansias de presenciar el acto final, el ritual del festival. Una pirámide multicolor flota sobre la laguna, a los costados unas calaveras que custodian las aguas; el auditorio al aire libre alberga a más de 3 mil personas que esperan presenciar la travesía hacia el Mictlan. Miles de cuerpos en la oscuridad esperan la presentación estelar de los actores, pruebas de sonido  y una voz grave produce el estruendo esperado…”tercera llamada”. Las luces se posan sobre la pirámide y la historia de las nueve pruebas antes del descanso eterno se narra una vez más, cada una de las pruebas hace resplandecer un color distinto en la pirámide, ¡fuera luces! una embarcación sale de entre las aguas. La música invade a cada uno de los espectadores, suena en toda la extensión de la laguna y el cuerpo parece responder espontáneamente a cada uno de los ritmos que anuncian el triunfo de aquel sobre aquellas pruebas del inframundo.

El alma triunfa y esperamos que nuestros difuntos también lo hayan logrado, las luces se apagan, las cabezas se mueven un poco como si buscaran entre la oscuridad a sus familiares, como si fueran a emanar de entre las aguas del Chignahuapan. Las caracolas, tambores y flautas vuelven a sonar, todos atentos para el gran final; hace frio, el cuerpo se entumece un poco pero el espectáculo vale cada uno de aquellas friolentas caricias; una luz tenue aparece y los destellos aparecen sobre cada uno de esos miles…¡boom!¡boom!¡boom! El cielo enloquece, se ilumina de diferentes formas, aplausos incontenibles. No queda más que agradecer a nuestros ancestros por heredarnos tal celebración, la presentación termina, los espectadores se miran unos a otros como si hubieran presenciado la partida de sus seres queridos en aquel momento, agradecen su descanso eterno y esperan ser tan valientes y fuertes para poder alcanzarlos años más tarde.

 

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