El año del Gallo

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¿Cuál es la dimensión histórica de la XIX Asamblea Nacional del Partido Comunista Chino que recién concluyó?, ¿qué significa que Xi Jinping no sólo haya sido ratificado como la máxima autoridad del Politburó hasta 2022 sino que además su nombre y visión del comunismo formen parte de la ideología del partido que no había sido modificada desde la época de Deng Xiaoping, quien abrió la economía china al oeste desde 1972? En este espacio vamos a recordar el camino de China a la modernidad y cómo se inscriben estas preguntas en su devenir.

China no se las ha visto fáciles para integrarse al sistema-mundo y ahora a la globalización. El siglo XIX desgarró profundamente la cultura política china resultado de las Guerras del Opio que Gran Bretaña desató desde 1839, y a las que Francia se sumó en 1856, como estrategia colonialista para abrir a la fuerza al gigante asiático al comercio de la sustancia extraída de la planta de adormidera. Los esfuerzos de Beijing por imponer sus leyes, expulsar a los comerciantes extranjeros y evitar que los campesinos y trabajadores gastaran dos tercios de su dinero en la droga importada desde la India no prosperaron.

El agotamiento del relativo aislamiento de los puertos chinos se hizo a costa de tratados asimétricos a través de los cuales Gran Bretaña se hizo con el control de Hong Kong, Portugal con el de Macao, Rusia con la Manchuria exterior, y obligaron al Imperio a aceptar el tránsito de los extranjeros, la libertad religiosa para los cristianos, así como los derechos a navegar por el río Yangtzé y establecer legaciones en Beijing, una ciudad que había persistido como prohibida por siglos.

El daño fue irreparable. La volatilidad social y la fragilidad del Imperio chino no fueron sino aumentando con la fallida Rebelión Taiping, en la que un converso cristiano autoproclamado Mesías-Rey intentó instaurar un Estado Revolucionario Teocrático; y después con el Levantamiento de los Bóxers en el alba del nuevo siglo, un movimiento antioccidental irredentista que alimentaba el espíritu de represalia contra los Tratados Desiguales y la excesiva injerencia de los extranjeros en la política y el comercio chinos. Los vencedores, las potencias occidentales, ratificaron su postura y obligaron al emperador a purgar a sus altos mandos para llamar al orden a los insurrectos.

Cualquier esperanza por reconciliar a un país cada vez más tenso se desvaneció en el aire. En 1911 un nuevo giro de tuerca desencadenó las mayores transformaciones que China habría presenciado en los últimos quinientos años. La Revolución de Xinhai depuso la dinastía manchú de los Qing instaurando una República liberal encabezada por el partido Guomindang, cuya élite puso en marcha un esquema nacionalista, orientado a restaurar las tradicionales ancestrales al tiempo que las entretejían con la modernización desde-arriba del país suscitando la industrialización de las urbes de la costa del Pacífico y la región de Manchuria, en los valles bañados por el río Yangtzé y el río Amarillo.

El Partido Comunista Chino liderado por Mao Zedong se alzó en rebelión contra el presidente Chiang Kai Shek y una agenda política que ya se antojaba conservadora. Entre 1945 (también año del Gallo) y 1949, después de un lapsus en los que las fuerzas confrontadas se aliaron contra los invasores japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, la guerra civil recrudeció desde Manchuria, a partir de 1947 apoyada militar y económicamente por la Unión Soviética. Los comunistas expulsaron de la zona continental al Guomindang, recluido desde entonces en Taiwán. La nueva República Popular reorganizó a los campesinos, implementó reformas agrarias, reajustó el sistema productivo para que el Estado lo administrara; en fin, se erigió como un modelo de revolución para las naciones pobres del Tercer Mundo (hasta que fuera desplazada simbólicamente por la Revolución Cubana).

Lo que octubre trajo consigo fue el refrendo unánime de la decisión que Mao tomase en la década de los sesentas: escindirse de la visión soviética del socialismo y disputarle la hegemonía del comunismo internacional (cuya repercusión fue muy tangible: basta recordar los conflictos intestinos en el México de esos años entre maoístas, estalinistas, trotskistas, etc.). El “Going Out Policy” anunciado por Xi como estrategia para aprovechar los espacios de la geopolítica que Trump está abandonando y así relanzar la categoría de superpotencia de China en los mercados y las políticas regionales, evoca fuertemente el “Gran Salto Adelante” con el que Mao se propuso la activación de la industria pesada, una rápida colectivización del campo y el acercamiento de China con aquellos países que se habían distanciado de la URSS después de la ruptura Tito-Stalin.

Si bien es cierto que hoy las relaciones entre Moscú y Beijing se revisten de cordialidad y complicidad en lo que toca a Medio Oriente y el conflicto coreano, no fue sino hasta el tratado firmado en septiembre de 1969 (año del Gallo) que las desavenencias entre la URSS y China fueron mermadas estipulando mantener la situación vigente en las fronteras, evitar choques armados, crear zonas desmilitarizadas y restablecer la circulación en estas zonas. Aunque algunos como Liqiu Yue sostienen que China no se erigirá como potencia hasta que se unifique, repare sus vergüenzas nacionales y, en consecuencia, reintegre los territorios arrebatados por el zarismo.

La recopilación de discursos Xi Jinping “Thought on Socialism with Chinese Characteristics for a New Era” no sólo ha sido elevada a obra fundacional junto con el “Libro Rojo” de Mao Zedong y las “Cuatro Modernizaciones” promulgadas por Deng Xiaoping, sino que además marca las pautas para asegurar la estabilidad doméstica, la política educativa y el control de medios sociales, un intento a escala de emular la Revolución Cultural en las condiciones actuales para disminuir el disentimiento. Uno de los principales logros que los 25 miembros del Politburó y los 250 del Comité Central del Partido aplaudieron a Xi fue el sistema anticorrupción que ha servido para sanear las finanzas públicas lo mismo que depurar oposiciones políticas, la Comisión Central para la Inspección de la Disciplina, bajo el eslogan: “la confianza no puede reemplazar a la supervisión.”

Termino con un último apunte: el extraordinario fortalecimiento de Xi que a algunos alerta por sus rasgos autoritarios. La constitución en esta Asamblea Nacional fue enmendada para incluir referencias al liderazgo “absoluto” del partido sobre las fuerzas armadas y el compromiso para promover la iniciativa de infraestructura y política exterior de Xi conocida como “One Belt, One Road”. Esa iniciativa busca vincular a China con el Sureste asiático y las planicies centrales desde el Mar Negro hasta Mongolia, para llegar al continente africano y a Europa del este, con una extensa red de carreteras, ferrocarriles, puertos y otros proyectos económicos como su iniciativa de zonas especiales o el fuerte sistema de asistencia social.

La mira está puesta en 2049: el centenario de la República Popular y con ello el resurgir la unidad china como superpotencia, resarciendo los daños de las guerras del opio dos siglos atrás. No podemos olvidar, al respecto, que Xi ha sido uno de los Jefes de Estado chinos que más ambiciones y acercamientos ha tenido con Latinoamérica y la importancia del modelo “Un país, dos sistemas”, bajo el cual se gobierna Hong Kong, así como la búsqueda de la “reunificación nacional”, con la vista puesta en Taiwán, considerada una isla rebelde por Beijing (puede leerse al respecto El dragón asiático y Geometría Geopolítica) ¿Busca Xi el desarrollo nacional o ambiciona convertirse en un emperador rojo con mano de hierro capaz de arrebatar la hegemonía a los frágiles liderazgos de Occidente?

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