El mexicano que se fue (dedicado a los mexicanos que no se han ido)

Sismo de 6.7 sacude Puebla.

Sismo de 6.7 sacude Puebla.

 

Tardé mucho en escribir algo sobre el 19 de septiembre en México porque no quería que mis palabras se asemejaran a las garras de un ave de rapiña que se alimenta de la muerte y la desgracia.

Me tardé también porque el sismo paralizó mis manos y me encogió el corazón, pues soy mexicana y mi cordón umbilical está enterrado en el jardín del hogar de mi abuela que es ahora el de mi madre y por eso sé que siempre he de volver.

¡Cuánto duele al mexicano estar lejos! ¡cuánto lloramos este septiembre!

Ya desde agosto pensamos en el verde, blanco y rojo. Nos saboreamos los tacos y el pozole que aquí no saben igual, añoramos las cenas familiares y las cervezas con los amigos, y lloramos, como nunca lo hicimos en México, cuando escuchamos el mariachi. Pero este año, septiembre tornó la nostalgia en dolor.

El séptimo día del mes tembló y Chiapas y Oaxaca nos paralizaron la respiración por un rato que se ha hecho muy largo.

El quince se nos amarró la garganta entre el “Cielito Lindo” y la muerte anunciada de Mara, y los ojos se nos llenaron de agua pensando en la patria sentida y lastimada, en sus ausencias, en sus lamentos y en sus protestas.

México se siente aunque no estemos plantados en su suelo.

Diecinueve de septiembre. La tierra mexicana se sacudió de nuevo y con ella se cimbró el corazón de los que estamos salpicados en otras latitudes.

El que se fue sufrió de impotencia ante el teléfono inservible.

Se le agitó el pecho por no poder abrazar a su madre en la desgracia, o al padre, o al hermano, o al amigo.

No se sintió aliviado, por el contrario, se desesperó por no poder levantar las piedras de los edificios caídos.

Se lamentó porque, dentro de su corazón, añoró haber sentido el dolor que hermana con el desconocido.

Hoy el que se fue sigue llorando con la boca seca y las manos sin rasguños; mira los rescates, se emociona con las vidas salvadas, se sobrecoge cuando mira los edificios derrumbados y piensa, piensa mucho cómo ayudar en la distancia.

No, el mexicano que se fue, en realidad sigue estando ahí.

El cordón umbilical nos ata.

La piel no miente.

El apellido nos delata.

La patria nos llama y nosotros respondemos.

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