Juan Rulfo: Pedro Páramo y algo más

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Isabel Ortega

“Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”.

Hace más de un mes que el Museo Amparo abrió sus puertas para recibir a Juan Rulfo y su exposición fotográfica, para retirarse el 17 de julio. Dos galerías en dicho museo son las anfitrionas de este gran personaje. Se abre la puerta y todo queda detrás, se cierra con lentitud como despidiendo al que se adentra en ese mundo prometedor. El pasado te recibe con los claroscuros que trae consigo; hay historia en las paredes y entre líneas se lee, lo que parece ser una advertencia,…”La obra fotográfica de Juan Rulfo siempre fue juzgada aparte de su trabajo literario”…el imaginario se acelera y resulta imposible no edificar Comala entre las imágenes.

“Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercanas la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz”.

Gira la cabeza un poco hacia la derecha y encontrarás los inicios de todo, la primera vitrina encierra las primeras fotografías de este joven estrella; cualquiera podría pensar que esa no es más que una vitrina de seguridad pero puede verse de otra forma; aquella vitrina encierra un tiempo de la historia que no conocíamos hasta ahora, y no sólo esa sino toda las demás. Ahora las paredes se mueven, muévete con ellas, sube a alguno de esos trenes y recorre las vías del desarrollo no sólo de la tierra mexicana retratada sino de todo aquello que descubrirás a través del lente. Párate ahí tal como él y aguarda el movimiento de las olas; corre y baila con ellos, recorre los campos…voltea a esa otra pared, parece que allí está Susana.

“Llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada…No sentir otro sabor sino el del azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo”.

No pierdas tiempo, es cierto, la puerta te recibe nuevamente pero no pierdas el ímpetu y corre escaleras abiertas que la travesía a través del dinamismo visual aún no termina; ese es el lugar, Galería 2. Este el lugar del tiempo; aun cuando el tiempo de otro no había llegado, nuestro autor ya había hecho suyas esas imágenes. ¡Escucha eso! La música te llama, acércate un poco, ellos están listos para comenzar…poco después han dejado sus instrumentos reposar al calor del sol. Allá, más abajo está el pueblo, es día de mercado pero también es día de trabajo en el campo; las mujeres labran la tierra, guardan los granos; allá, el barbero hace su trabajo pero debes concentrarte; mira el horizonte, ahí está, justo enfrente, con su volcán, su iglesia y su gente, podría ser Comala. En aquella esquina te espera el final pero puedes tomarte el tiempo necesario para la despedida, incluso hay una mesa sosteniendo el trabajo de un fotógrafo que no sólo fue escritor; toma asiento, no tenemos prisa. Cuando hayas terminado cierra las tapas de esos libros y regresa al ahora. Demos gracias al autor.

“Allá hallarás mi querencia. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron. Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida…”

 

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