Tijuana, la Puta de la Esquina

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La línea es una serpiente emplumada. Sus colores y destellos hacen alarde: el arte urbano de manos gigantes, nativas y migrantes. Enaltecen los vivos colores de sueños rotos y sueños prometidos. Sus raíces, profundizan las banderas y poesías en los barrotes de la línea.

Son las playas de Tijuana. Una tierra generosa, consumida en violencia y embeleso. Quien vive aquí, vive al límite. Tijuana es morir o vivir. Es dibujar, construir o sumergirse en la violencia.

Tijuana es la tierra madre de todas las culturas, alimenta a todos. No discrimina. Es una puta con un corazón de condominio, y alma de cabaretera de día o de noche. Tijuana se disfruta. Tijuana es generosa: buena con los malos y buena con los pobres. Todos tienen cabida. Se entrega a todos. Se da a todo. Tiene para todos.

Sus tierras se prestan para dar y recibir a manos llenas. A cualquier hora ves gente corriendo. Feliz. Apurada. La violencia no hace falta verla; está en todas partes y en toda la gente, la sientes en los poros de tu piel. Se miras en los ojos de los que te miran, en las manos que quieren alcanzarte y en los migrantes de ojos tristes, que piden monedas o un pan para comer.

Todos los días hay fiesta; música a toda hora. Se escucha banda y narco corridos. Las mujeres hermosas son el atractivo de los lugares nocturnos. Tiradores de coca en todas las esquinas. Desde su esquina en el mapa de la república, Tijuana es la frontera ramera.

La madre Tijuana, la que alimenta a malos y buenos. La tierra que roba los sueños, de muchos que han viajado kilómetros de distancia para buscar brincar a los Estados Unidos.

Salir del centro y dejar las frías playas, te conduce a las colonias más pobres. Son escenarios replica de las favelas en Brasil. Nadie sale vivo, a menos que vaya con alguien que sea de allí. Todos te miran raro. No entran carros en esos lugares. Nadie con música a alto volumen. Nadie con corridos. Nadie que quiera llegar a tocar la línea, porque del lado de la línea de los pobres ni los migrantes cruzan por sus colonias bravas.

El Nido del Águila, se llama la colonia. Allí se repliega la gente que fue desplazada de sus estados y países, a fuerza de la pobreza. Allí sólo los más fuertes sobreviven; cansados de haber sido sobornado más de diez veces por polleros, o luego de ser deportados, decidieron arrebatar una protuberancia, un pedazo de suelo a Tijuana.

Todos los lotes son invadidos. El escenario ahora es de cartón y pedazos de maderitas. Fierros oxidados son los que sostienen las viviendas. Niños brincan en los charcos de lodo y se meten a jugar a propósito. Nos hay transporte, ni servicios. La gente camina más de una hora para poder salir de ese surrealismo.

Tijuana es pobreza extrema. Ha llovido mucho; tres noches inundaron a raudales algunas calles y el lodo atasca las llantas del auto. Las calles vacías. A lo lejos, sobre el lodazal, a un costado de la línea, camina un hombre. Puedo ver como brinca y nadie, ni la patrulla de la migra, vigila el otro lado de la larga serpiente. Nadie lo toma en cuenta.

De ése lado, hasta el patrullaje margina a los que ya son miserables…

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Toño, logra salir del lodazal, sonríe. “Tranquilos, no les va a pasar nada”.

Sube el sonido de la música, porque los códigos de los narcocorridos anuncian a los lugareños que no deben atacar a los tripulantes del vehículo. Es el código de los que vienen a ayudar y no a molestar.

Después de un rato, un vehículo se aproxima. Son dos jóvenes halcones que se cercioran que por fin abandonemos su territorio. Busco Poblanos en Tijuana -le dije a Toño-, quiero unos tacos.

La verdad quería una historia, y a base de tacos encontré a los otros migrantes, a los que Puebla nunca les dio posibilidad de una mejor vida. La Lupe, como le grita el marido, es robusta. Corre de un lado a otro. Envuelve platos dentro de una bolsa de plástico.

– ¿Qué los trajo a Tijuana Lupe? -Le suelto a quemarropa. Es “La Poblanita”. Hay de asada, al pastor y longaniza.

– A mí, la necesidad… a mi marido me lo encontré por ay. -Suelta la carcajada.

– ¿Por qué tal lejos? ¿Por qué en un lugar peligroso? ¿Por qué no vives en Puebla?

– Yo no regreso -dice radical. Me mira segura- porque no hay nada allá. No hay trabajo. No hay dinero. No hay nada. Al principio me iba a pasar de mojada, luego de tanto y tanto intento, la verdad, me quedé sin centavos y me metí en otras cosas, ya sabes… -Se queda callada. Su hombre la escucha y la regaña con mirada lasciva.

Los dos de carne asada, me supieron a mi Puebla. El aguacate, la salsa roja y el limón fueron un pedacito de gloria. A la distancia de un mes se extraña Puebla. Fue el pretexto para regresar a “La Poblanita” a cazar la historia que necesitaba. La historia de la Lupe.

– Yo trabajé en una cabina -se sincera. Disfruta su carajada-. Un pollero de mi pueblo nos vino a aventar aquí. Era uno de los meros pesados del rancho; le hacía trabajos al diputado y al presidente. No sé exactamente qué hacía, pero me dio confianza porque sabía con quienes trabajaba. Piensas que no te van a salir con chingaderas.

No me quedé con la curiosidad. Le pregunté por los nombres de los funcionarios. Con miedo evadió la respuesta.

-No te conviene saber.

Siguió con un monólogo, mientras yo me atragantaba.

-Me dijo -habló de la Lupe de su experiencia con el pollero- que no se podía hacer “el brinco”. Que tenía que jugársela para pasar, o que le diéramos otros 40, solo así. Yo le junté aquí los 40 que me pidió. Él fue el que me dijo en qué bares podía ganar dinero, y pues le entré, yo estaba dispuesta a lo que fuera, con tal de pasar al otro lado, para ayudar a mis jefes y a mis hermanos.

“El campo está bien jodido y ya mis jefes estaban grandes. Aquí los ricos poblanos son los polleros. Son mañosos, ni los busques, son de la mala vida, tú sigue tranquila tu camino, que en esta tierra no hay poblanos que sufran. Tijuana tiene para todos, nadie se muere de hambre. Nadie la pasa mal. Aquí supe lo que es la vida…me salí de la cantina porque aquí sobrevive el más fuerte y era ése cabrón o yo.  Así es Tijuana, una puta en la esquina que da para todos”.

Y sí, esa es la Tijuana que yo encontré: los hondureños pecan de locura. Ven cocodrilos y leones en la línea fronteriza. Dicen que esperan el momento de que la migra amarre sus animales, para cruzar. Los salvadoreños, sanguinarios, también tienen cabida en este mundo de locura. Los africanos son los nuevos explotados. Son la carne nueva de los grupos del crimen organizado. Se asoman en todas las calles, vendiendo elotes y dulces.

Así es Tijuana, como su famoso burdel, como el Hong Kong, un mundo de locos atrapados en busca de sueños. Así es Tijuana, la puta puerta de la esquina. La puta que no deja de ser la madre amorosa para sus hijos, que la albergan con esperanzas y cariño.

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